Ya vimos esta pelicula
Por Louise Akemi & Jazmín Luzzi
Mirar a Latinoamérica es mirarse en un espejo donde las fronteras se desdibujan: los discursos, las crisis y las luchas se reflejan de un país a otro con una precisión escalofriante, dejándonos esa amarga sensación de que ya vimos esta película.
Frente a esa memoria compartida, el trabajo narrativo es nuestra herramienta clave: nos permite nombrar lo vivido, encontrarnos en el abrazo colectivo e imaginar los futuros que queremos construir.
En septiembre, Lou y Jazz se reencontraron en Bogotá para cruzar experiencias, pensar qué historias queremos seguir tejiendo en la región.
Estas son sus cartas: un cruce de sentires, memoria y resistencia sobre ese encuentro.
Fue una tarde de jueves a principios de septiembre, en un día digno del clima bogotano, que logra la proeza de estar soleado y nublado al mismo tiempo, cuando nos reencontramos en persona después de un año. Estaba allí con Jazmín Luzzi, mi querida amiga y compañera de camino en Famílias: Ahora.
Por un instante, nos reímos del absurdo geográfico: a pesar de ser «vecinas» en la escala latinoamericana (con São Paulo y Buenos Aires tan cerca) , nuestros abrazos presenciales insisten en darse fuera de nuestras tierras natales.
Pero estar en Bogotá esta vez no tenía nada de casual. Era urgencia. Un llamado de atención sobre una herida abierta que se obstina en no cicatrizar en nuestra región: la incómoda sensación, amarga, de que ya vimos esta película antes.
Me hizo recordar septiembre de 2025. En una tarde lluviosa en Río de Janeiro, algo casi atípico para la ciudad, abrazamos a Jaz intentando ofrecerle un refugio emocional. Ella vivía el luto reciente por la victoria de Javier Milei en Argentina. Aquel día, al escucharla, una agonía me oprimía el pecho: su historia no me resultaba ajena. Aunque eran noticias de otro país, la trama era el reflejo exacto de lo que habíamos enfrentado en Brasil años atrás.
Ahora, en suelo colombiano, el detonante volvió a activarse. Al escuchar a lxs compañerxs relatar el escenario local, la sensación cobró nombre, apellido y dirección. Las agendas, los discursos y la orquestación del retroceso se repiten con una precisión escalofriante.
Por eso nos reunimos. Más allá de las agendas formales, la intención primordial era mirarnos a los ojos, estar juntas físicamente y crear un puerto seguro. Necesitábamos hablar de los dolores, sí, pero sobre todo de cómo seguir caminando. De cómo construir redes reales y cooperar desde nuestras diferencias en nombre de algo mayor.
Lo que Colombia vive hoy está profundamente conectado con lo que Brasil enfrentó y con lo que Argentina aún atraviesa. Estamos ante una ola que ignora fronteras y océanos. Pero si el diagnóstico del dolor es compartido, la salida también tiene que serlo. Lo que nos unió esa tarde fue la decisión de redefinir el futuro: reorganizar fuerzas, reaccionar con sabiduría y estrategia, y proyectar caminos desde lo colectivo.
Al fin y al cabo, la altitud de Bogotá solo confirmó lo que la historia insiste en enseñarnos: lo que restaura y le da fuerza a una nación herida no son las soluciones aisladas; es la comunidad. Es el poder y el abrazo de muchxs.
Lou
En Bogotá me invitó Puentes a pensar juntxs cómo activar narrativas de familias y fe para defender derechos. Me pidieron que contara el estado de situación en Argentina, y contarla en voz alta fue también una forma de procesarla.
Cuando ganó Milei sentí que caía por el agujero de Alicia. Mis hijxs, que entonces tenían 7 y 5 años, me miraban desorientadxs. Me tocó salir rápido a la superficie y empezar a resistir.
Quiero decirles algo con claridad: no es tu culpa, hermanx. No es culpa del progresismo, de los feminismos, del supuesto wokismo ni de la ideología de género. Si un gobierno pierde las elecciones, no es por sus políticas de inclusión, sino porque la desigualdad sigue siendo la norma. Por eso los invito a no bajar las banderas y a no culpabilizar a colectivos que ya han sido demasiado castigados.
Lo que vino después ya lo conocemos: miedo, ruido, ajustes, despidos y recortes, todo en nombre de «terminar con la casta». Pero también vino la calle. La marcha antifascista de febrero. Las hinchadas de fútbol, tan rivales entre sí, uniéndose para cuidar a lxs jubiladxs en sus marchas de los miércoles. Personas de todo el país defendiendo la Universidad Pública y la ley de tierras. Pequeñas victorias que nos siguen encontrando en la calle.
Hay que elegir las batallas: no se le puede exigir al pueblo que salga a reclamar todo ya. Hace pocos meses se votó, una cantidad importantísima de personas votó a Abelardo de la Espriella, y eso debe respetarse. Se puede resistir democráticamente, sin miedo pero con respeto, sin caer en el odio ni en la subestimación, porque ese respeto servirá mañana para incluir a las mayorías que queremos alcanzar. Y podemos usar las redes y la IA para hacerlo, con mucho cuidado con los mensajes.
Mis palabras en Bogotá partieron del artículo de Mónica Roa López, inspiración de todo el encuentro: frente al avance autoritario, la urgencia nos empuja a enfocarnos en lo que queremos detener, pero nuestra tarea también es ampliar los límites de lo posible y hacer irresistible lo deseable. Ese es, para mí, el verdadero desafío: convertir la intuición en poder narrativo.
Lo que una sociedad aprende a imaginar y desear moldea los derechos que está dispuesta a defender. Volví aún más convencida de que vale la pena seguir tejiendo este futuro común, con magnetismo del amor, abrazos y resistencia latinoamericana.
Jazz
Já vimos esse filme
Por Louise Akemi & Jazmín Luzzi
Olhar para a América Latina é olhar para um espelho onde as fronteiras se desfazem: os discursos, as crises e as lutas se refletem de um país para outro com uma precisão assustadora, deixando em nós aquela amarga sensação de que já vimos esse filme.
Diante dessa memória compartilhada, o trabalho narrativo é nossa ferramenta-chave: ele nos permite nomear o que vivemos, nos encontrar no abraço coletivo e imaginar os futuros que queremos construir.
Em setembro, Lou e Jazz se reencontraram em Bogotá para trocar experiências e pensar sobre quais histórias queremos continuar tecendo na região.
Estas são suas cartas: um encontro de sentimentos, memória e resistência a partir desse encontro.
Era uma tarde de quinta-feira, no início de setembro, em um dia digno do clima bogotano, que consegue a proeza de ser ensolarado e nublado ao mesmo tempo, quando nos reencontramos pessoalmente depois de um ano. Eu estava ali com Jazmín Luzzi, minha querida amiga e companheira de caminhada na Famílias: Agora.
Por um instante, rimos do absurdo geográfico: apesar de sermos “vizinhas” na escala latino-americana (com São Paulo e Buenos Aires tão próximas), nossos abraços presenciais insistem em acontecer longe de nossas terras natais.
Mas estar em Bogotá desta vez não tinha nada de casual. Era urgência. Um chamado de atenção para uma ferida aberta que insiste em não cicatrizar em nossa região: a incômoda e amarga sensação de que já vimos esse filme antes.
Isso me fez lembrar de setembro de 2025. Em uma tarde chuvosa no Rio de Janeiro, algo quase atípico para a cidade, abraçamos Jaz, tentando lhe oferecer um refúgio emocional. Ela vivia o luto recente pela vitória de Javier Milei na Argentina. Naquele dia, ao ouvi-la, uma agonia apertava meu peito: sua história não me era estranha. Embora fossem notícias de outro país, a trama era o reflexo exato daquilo que havíamos enfrentado no Brasil anos antes.
Agora, em solo colombiano, o gatilho voltou a ser acionado. Ao ouvir as/os companheiras/os relatarem o cenário local, a sensação ganhou nome, sobrenome e endereço. As agendas, os discursos e a orquestração do retrocesso se repetem com uma precisão assustadora.
Por isso nos reunimos. Para além das agendas formais, a intenção primordial era olhar umas para as outras, estar juntas fisicamente e criar um porto seguro. Precisávamos falar sobre as dores, sim, mas, sobretudo, sobre como seguir caminhando. Sobre como construir redes reais e cooperar a partir das nossas diferenças em nome de algo maior.
O que a Colômbia vive hoje está profundamente conectado ao que o Brasil enfrentou e ao que a Argentina ainda atravessa. Estamos diante de uma onda que ignora fronteiras e oceanos. Mas, se o diagnóstico da dor é compartilhado, a saída também precisa ser. O que nos uniu naquela tarde foi a decisão de redefinir o futuro: reorganizar forças, reagir com sabedoria e estratégia e projetar caminhos a partir do coletivo.
Afinal, a altitude de Bogotá apenas confirmou o que a história insiste em nos ensinar: o que restaura e fortalece uma nação ferida não são soluções isoladas; é a comunidade. É o poder e o abraço de muitxs.
Lou
Em Bogotá, a Puentes me convidou a pensar juntxs sobre como ativar narrativas de famílias e fé para defender direitos. Pediram que eu contasse a situação na Argentina, e contá-la em voz alta também foi uma forma de processá-la.
Quando Milei venceu, senti que caía pelo buraco de Alice. Meus filhxs, que naquela época tinham 7 e 5 anos, me olhavam desorientadxs. Tive que voltar rapidamente à superfície e começar a resistir.
Quero dizer algo com clareza: a culpa não é sua, irmãx/irmãox. Não é culpa do progressismo, dos feminismos, do suposto “wokismo” nem da ideologia de gênero. Se um governo perde as eleições, não é por causa de suas políticas de inclusão, mas porque a desigualdade continua sendo a norma. Por isso, convido vocês a não baixarem as bandeiras e a não culpabilizarem coletivos que já foram castigados demais.
O que veio depois nós já conhecemos: medo, ruído, ajustes, demissões e cortes, tudo em nome de “acabar com a casta”. Mas também veio a rua. A marcha antifascista de fevereiro. As torcidas de futebol, tão rivais entre si, unindo-se para proteger as/os aposentadas/os em suas manifestações das quartas-feiras. Pessoas de todo o país defendendo a Universidade Pública e a lei de terras. Pequenas vitórias que continuam nos encontrando nas ruas.
É preciso escolher as batalhas: não se pode exigir que o povo saia para reivindicar tudo de uma vez. Há poucos meses houve uma votação, e uma quantidade muito significativa de pessoas votou em Abelardo de la Espriella, e isso deve ser respeitado. É possível resistir democraticamente, sem medo, mas com respeito, sem cair no ódio nem na subestimação, porque esse respeito servirá amanhã para incluir as maiorias que queremos alcançar. E podemos usar as redes e a IA para isso, tendo muito cuidado com as mensagens.
Minhas palavras em Bogotá partiram do artigo de Mónica Roa López, inspiração de todo o encontro: diante do avanço autoritário, a urgência nos empurra a focar naquilo que queremos impedir, mas nossa tarefa também é ampliar os limites do possível e tornar irresistível aquilo que desejamos. Esse é, para mim, o verdadeiro desafio: transformar a intuição em poder narrativo.
Aquilo que uma sociedade aprende a imaginar e desejar molda os direitos que está disposta a defender. Voltei ainda mais convencida de que vale a pena continuar tecendo esse futuro comum, com o magnetismo do amor, abraços e resistência latino-americana.
Jazz