A la corresponsabilidad también le hacen falta conversaciones
Por Luisa Canizales Holguin
Cuidar sostiene la vida cotidiana. Está presente cuando alguien prepara una comida, acompaña a una persona enferma, lleva a una niña o un niño al colegio, escucha un problema, organiza una cita médica o permanece disponible ante una urgencia. Muchas de estas tareas parecen pequeñas o naturales, pero juntas hacen posible que las familias, las comunidades y la sociedad funcionen.
Sin embargo, el cuidado no se distribuye de manera justa. En muchos hogares, las mujeres continuamos asumiendo mayoritariamente las tareas domésticas y de cuidado. No solo realizamos más actividades visibles, también nos encargamos de anticipar necesidades, recordar fechas, organizar horarios, coordinar los procesos internos que implica el sostenimiento de una casa y asegurarnos de que todo funcione. Esta dimensión menos visible del cuidado se denomina carga mental.
Por eso, la desigualdad no se expresa únicamente en quién realiza las actividades domésticas. También consiste en quién está pendiente, quién debe responder ante una emergencia y quién reorganiza su trabajo, su descanso o sus proyectos personales cuando surge una necesidad familiar. Afirmar que una pareja se reparte las tareas no siempre significa que exista corresponsabilidad. Es necesario preguntarse quién sostiene la carga mental.
Cuando repartir no es compartir
Durante mucho tiempo, el cuidado fue considerado un asunto privado, propio de las familias y específicamente asignado a las mujeres; un trabajo invisible y por lo general no remunerado. Porque cuidar, se supuso, es producto natural del amor, del compromiso y la vocación femenina. Sin embargo, cuidar es un trabajo que implica, cómo cualquier otro cuando no más, agotamiento, dependencia y desigualdad.
Este profundo cansancio que conllevan los trabajos de cuidado se justifica a partir del paradigma del amor romántico: aquel que presenta el cuidado como virtud y llama egoísmo a cualquier expresión de autonomía. De tal modo, una mujer que reclama tiempo para sí es rápidamente juzgada como mala esposa o mala madre, instalando en ella la autocensura como mecanismo de supervivencia. Pues, para prevenir el juicio, las mujeres aprendemos a preguntarnos si realmente tenemos derecho a descansar, salir o disfrutar sin producir, cuidar o responder por otras personas que no se encuentren en nuestro círculo íntimo.
Reconocer el derecho al ocio y al tiempo propio no significa desentendernos de los vínculos ni del cuidado. Más bien, supone reconocer que el derecho al cuidado debe partir preguntándole a las cuidadoras si quieren o no seguir cuidando en cada caso, en qué condiciones y hasta dónde. Cuestionar el cuidado irrestricto y obligatorio implica oponerse a la disponibilidad permanente y a la exigencia de una justificación para cada expresión de su autonomía.
El cuidado requiere tiempo, energía, conocimientos y disponibilidad, e implica aceptar que no todas las personas pueden cuidar en las mismas condiciones. Una mujer que debe abandonar un empleo para atender a un hijo-a o a un familiar, enfrenta consecuencias económicas y profesionales que pueden tener efectos negativos a largo plazo. Por eso, hablar de corresponsabilidad implica mucho más que pedir a los varones que “ayuden” en la casa. Porque ayudar no es suficiente mientras la carga principal siga recayendo en nosotras. La corresponsabilidad va mucho más allá, e implica que todas las personas involucradas participen en la planificación, la toma de decisiones y la ejecución de las tareas con iniciativa propia. No se trata de colaborar, sino de asumir el cuidado como una responsabilidad compartida. Significa redistribuir la carga mental y emocional.
Es cierto que muchos hombres actualmente han asumido posturas de cuidado más responsables y presentes emocionalmente. Sin embargo, mientras la identidad masculina tradicional siga funcionando como guardiana del orden establecido, y los hombres que intenten implicarse plenamente en las tareas del cuidado continúen cediendo al pacto patriarcal, el camino estará inconcluso. Por eso es preciso no bajar la guardia, seguir teniendo conversaciones incómodas he intentado caminos inéditos.
El cuidado sale de casa
Por otra parte, es urgente ampliar la mirada más allá de las familias. El Estado, las empresas, las organizaciones comunitarias y las instituciones educativas tienen responsabilidades concretas. Se necesitan servicios de cuidado accesibles y de calidad, licencias que promuevan la participación de todas las personas progenitoras, horarios laborales compatibles con la vida familiar y políticas que protejan a quienes cuidan. Sin estas condiciones, la llamada conciliación entre el trabajo y la familia corre el riesgo de convertirse en una nueva exigencia dirigida principalmente a las mujeres. Una política de cuidados con perspectiva de género debe reconocer al menos tres dimensiones. En primer lugar, que cuidar es un trabajo socialmente necesario. En segundo, que ese trabajo debe distribuirse de manera más justa entre los géneros y entre las familias, el Estado, el mercado y la comunidad. Y en tercer lugar, que es preciso reducir las cargas evitables mediante servicios, infraestructura y apoyos adecuados.
El cuidado también debe incluir el derecho a ser cuidado y el derecho a cuidar sin quedar en soledad. Nadie debería tener que elegir entre acompañar a una persona querida y conservar su empleo. Tampoco debería suponerse que las mujeres estamos naturalmente preparadas para cuidar ni que debemos hacerlo sin límites. Cuidar a otras personas requiere condiciones para descansar, recibir ayuda y atención y preservar la propia salud.
No basta con distribuir algunas tareas si una sola persona continúa disponible veinticuatro siete. El descanso, el ocio y el tiempo personal no pueden seguir siendo privilegios ni premios al agotamiento. Son dimensiones necesarias de una vida digna.
Construir una sociedad cuidadora requiere cambiar la idea de que el cuidado pertenece exclusivamente al ámbito privado. Cuidar es una responsabilidad colectiva y una condición para el bienestar común. Hacerlo visible permite discutir quién cuida, en qué condiciones y con qué apoyos. También permite imaginar relaciones familiares y políticas públicas en las que sostener la vida no implique que algunas personas deban renunciar a la propia. El desafío no consiste únicamente en repartir mejor las tareas del hogar. Consiste en garantizar que cuidar no sea una experiencia de aislamiento, sobrecarga o desigualdad. Una sociedad justa es aquella que reconoce el cuidado, lo redistribuye y asegura que todas las personas puedan cuidar y ser cuidadas con dignidad.
Soy Luisa Fernanda Canizales Holguín, mujer y madre, politóloga de profesión con especial interés en temas género, cuidado y derechos sexuales y reproductivos. Actualmente curso una Especialización en Políticas de Cuidado con Perspectiva de Género, desde donde profundizo en el cuidado como una dimensión central de la vida social y en las desigualdades que atraviesan su distribución. Creo en las metodologías participativas y en lo lúdico como espacios de encuentro, diálogo y construcción colectiva.
A corresponsabilidade também precisa de conversas
Por Luisa Canizales Holguin
Cuidar sustenta a vida cotidiana. Está presente quando alguém prepara uma refeição, acompanha uma pessoa doente, leva uma criança à escola, escuta um problema, marca uma consulta médica ou permanece disponível diante de uma emergência. Muitas dessas tarefas parecem pequenas ou naturais, mas, juntas, tornam possível o funcionamento das famílias, das comunidades e da sociedade.
No entanto, o cuidado não é distribuído de maneira justa. Em muitos lares, nós, mulheres, continuamos assumindo majoritariamente as tarefas domésticas e de cuidado. Não apenas realizamos mais atividades visíveis, como também somos responsáveis por antecipar necessidades, lembrar datas, organizar horários, coordenar os processos internos envolvidos na manutenção de uma casa e garantir que tudo funcione. Essa dimensão menos visível do cuidado é chamada de carga mental.
Por isso, a desigualdade não se expressa apenas em quem realiza as tarefas domésticas. Ela também está relacionada a quem permanece atento, quem precisa responder diante de uma emergência e quem reorganiza seu trabalho, seu descanso ou seus projetos pessoais quando surge uma necessidade familiar. Afirmar que um casal divide as tarefas nem sempre significa que exista corresponsabilidade. É preciso perguntar quem sustenta a carga mental.
Quando dividir não é compartilhar
Durante muito tempo, o cuidado foi considerado um assunto privado, próprio das famílias e especificamente atribuído às mulheres: um trabalho invisível e, em geral, não remunerado. Afinal, cuidar, supunha-se, seria resultado natural do amor, do compromisso e da vocação feminina. No entanto, cuidar é um trabalho que implica, como qualquer outro — quando não mais —, cansaço, dependência e desigualdade.
Esse profundo cansaço provocado pelos trabalhos de cuidado é justificado a partir do paradigma do amor romântico: aquele que apresenta o cuidado como virtude e chama de egoísmo qualquer expressão de autonomia. Desse modo, uma mulher que reivindica tempo para si é rapidamente julgada como uma esposa ou mãe ruim, fazendo da autocensura um mecanismo de sobrevivência. Para evitar o julgamento, as mulheres aprendemos a nos perguntar se realmente temos direito a descansar, sair ou desfrutar sem produzir, cuidar ou responder por outras pessoas que não façam parte do nosso círculo íntimo.
Reconhecer o direito ao lazer e o tempo para si não significa nos desentendermos dos vínculos nem do cuidado. Pelo contrário, significa reconhecer que o direito ao cuidado deve começar perguntando às cuidadoras se querem ou não continuar cuidando em cada situação, em quais condições e até onde. Questionar o cuidado irrestrito e obrigatório implica se opor à disponibilidade permanente e à exigência de uma justificativa para cada expressão de sua autonomia.
O cuidado exige tempo, energia, conhecimentos e disponibilidade, e implica reconhecer que nem todas as pessoas podem cuidar nas mesmas condições. Uma mulher que precisa deixar um emprego para cuidar de uma criança ou de um familiar enfrenta consequências econômicas e profissionais que podem ter efeitos negativos a longo prazo. Por isso, falar de corresponsabilidade significa muito mais do que pedir aos homens que “ajudem” em casa. Porque ajudar não é suficiente enquanto a maior parte da carga continua recaindo sobre nós. A co-responsabilidade vai muito além: implica que todas as pessoas envolvidas participem do planejamento, da tomada de decisões e da realização das tarefas, com iniciativa própria. Não se trata de colaborar, mas de assumir o cuidado como uma responsabilidade compartilhada. Significa redistribuir a carga mental e emocional.
É verdade que muitos homens atualmente assumiram posturas de cuidado mais responsáveis e estão mais presentes emocionalmente. No entanto, enquanto a identidade masculina tradicional continuar funcionando como guardiã da ordem estabelecida, e os homens que tentam se envolver plenamente nas tarefas de cuidado continuarem cedendo ao pacto patriarcal, o processo permanecerá incompleto. Por isso, é preciso não baixar a guarda, continuar tendo conversas incômodas e tentar caminhos inéditos.
O cuidado sai de casa
Por outro lado, é urgente ampliar o olhar para além das famílias. O Estado, as empresas, as organizações comunitárias e as instituições educacionais têm responsabilidades concretas. São necessários serviços de cuidado acessíveis e de qualidade, licenças que promovam a participação de todas as pessoas responsáveis pela parentalidade, jornadas de trabalho compatíveis com a vida familiar e políticas que protejam quem cuida. Sem essas condições, a chamada conciliação entre trabalho e família corre o risco de se transformar em uma nova exigência dirigida principalmente às mulheres.
Uma política de cuidados com perspectiva de gênero deve reconhecer pelo menos três dimensões. Em primeiro lugar: cuidar é um trabalho socialmente necessário. Em segundo, que esse trabalho deve ser distribuído de maneira mais justa entre os gêneros e entre as famílias, o Estado, o mercado e a comunidade. E, em terceiro lugar, que é preciso reduzir as cargas evitáveis por meio de serviços, infraestrutura e apoios adequados.
O cuidado também deve incluir o direito de ser cuidado e o direito de cuidar sem ficar sozinho. Ninguém deveria ter que escolher entre acompanhar uma pessoa querida e manter seu emprego. Tampouco deveria se presumir que as mulheres estamos naturalmente preparadas para cuidar ou que devemos fazê-lo sem limites. Cuidar de outras pessoas exige condições para descansar, receber ajuda e atenção e preservar a própria saúde.
Não basta distribuir algumas tarefas se uma única pessoa continua disponível vinte e quatro horas por dia, sete dias por semana. O descanso, o lazer e o tempo pessoal não podem continuar sendo privilégios nem recompensas pelo esgotamento. São dimensões necessárias de uma vida digna.
Construir uma sociedade que cuida exige mudar a ideia de que o cuidado pertence exclusivamente à esfera privada. Cuidar é uma responsabilidade coletiva e uma condição para o bem-estar comum. Torná-lo visível permite discutir quem cuida, em quais condições e com quais apoios. Também permite imaginar relações familiares e políticas públicas nas quais sustentar a vida não implique que algumas pessoas precisem renunciar à própria vida. O desafio não consiste apenas em distribuir melhor as tarefas domésticas. Consiste em garantir que cuidar não seja uma experiência de isolamento, sobrecarga ou desigualdade. Uma sociedade justa é aquela que reconhece o cuidado, o redistribui e assegura que todas as pessoas possam cuidar e ser cuidadas com dignidade.
Sou Luisa Fernanda Canizales Holguín, mulher e mãe, formada em Ciência Política, com especial interesse nas questões de gênero, cuidado e direitos sexuais e reprodutivos. Atualmente, curso uma Especialização em Políticas de Cuidado com Perspectiva de Gênero, na qual aprofundo meus estudos sobre o cuidado como uma dimensão central da vida social e sobre as desigualdades que atravessam sua distribuição. Acredito nas metodologias participativas e no lúdico como espaços de encontro, diálogo e construção coletiva.
Lecturas que inspiraron este artículo | Leituras que inspiraram este artigo
- Daminger, A. (2019). “The Cognitive Dimension of Household Labor”. American sociological Review, 84(4), 609–633
- Fraser, N. (2016). Las contradicciones del capital y los cuidados. New Left Review, (100), 111–132.
- Pérez Orozco, A. (2014). Subversión Feminista de la economía: Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Traficante de Sueños.